Es claro, si lo vemos de pasada y por primera vez, que la experiencia científica propia del siglo XIX es la madre de la ciencia actual gracias al inmeso esfuerzo de muchos científicos que dieron lo mejor de sí para que hoy en día podamos hacer una llamada telefónica, oir música o simplemente tener luz en nuestras casas. Pero también es cierto que la ciencia no nació como ciencia, ni hubo desde el siglo XVIII una teoría como la de Thomas Kuhn o una academia de las ciencias que fuera el referente para los inciados en el arte de entender el entorno que los rodea.
Ahora, si miramos de nuevo, esta vez más detenidamente, vamos a ver cómo la ciencia proviene de, en palabras de algunos expertos actuales, una época negra. El punto en este momento no es discutir qué tan negra o que tan blanca pudo haber sido. El punto es mirar, en un principio, cuales fueron las características de este periodo y mostrar algunos puntos que solamente la mediología podría develar.
Ciencias, o mejor, pseudociencias, como la frenología o la posterior personología, aparte de sus fines científicos, no eran otra cosa que intentos desesperados por justificar el odio a ciertas razas o clases sociales. Estudiosos como Franz Joseph Gall y otros como Gustave LeBon tenían fuertes prejuicios sociales, ya que o pertenecía a una clase social alta o trabajaban para una. Estas clases altas siempre buscaron mantener su hegemonía durante este periodo y encontraron en la ciencia una potencial aliada. Por lo tanto no solamente existían laboratorios privados, financiados con grandes esfuerzos por pobres científicos, sino que también estaban los laboratorios y estudios de grandes mandatarios en los que trabajaban personas con fines, dependiendo el dueño, un poco aparte de lo meramente científico. Es preciso aclarar que, desde el siglo XVII, ya se puede ver en la mayoría de las cortes estudiosos bajo el mando de dignatarios.
En el siglo XIX la ciencia se independizó un poco, es cierto, pero las necesidades del nuevo siglo hicieron surgir nuevas respuestas, o por lo menos un millón de intentos de respuesta. Es aquí donde mira Bachelard, en su obra "El origen del espíritu científico", que la protociencia que se venía solidificando desde Newton era meramente basada en la experiencia personal. Un libro científico de hoy en día, asegura, es como un todo orgánico que se ciñe a ciertos lineamientos establecidos y que se integra en un sistema sólido de conocimiento. En cambio, un libro de ciencia del siglo XVIII se sumerge en la mente del lector, le conversa; si, por ejemplo, estuvieramos hablando de la experiencia del trueno, se le debe decir que no debe temer al trueno y se debe buscar indagar en la posible concepción del objeto que podría tener para, así, esclarecer lo que es un trueno. He ahí una de las grandes diferencias con nuestra academia actual.
Un poco más allá, Bachelard describe como a partir de la experiencia cotidiana se podían hacer conjeturas, técnicamente, coherentes pero muy alejadas de la realidad que proporcionaría una situación concreta (entre otras cosas fue esto lo que permitió que la ciencia de un temprano siglo XIX se empezara a diluir en el espectáculo de grandes demostraciones con electricidad o sustancias quimicas que, ciertamente, alejan a la ciencia de su fin verdadero). Carra, a quien usa como ejemplo, pensaba que, viendo los efectos de los campos eléctricos en figuras de papel o de cartón, los seres humanos y las plantas debían su estabilidad y capacidad de desplazamiento a una misma fuerza eléctrica inherente a la tierra (y a su rotación) que nos daba esta habilidad. Las conclusiones aventuradas, por tanto, fueron el día a día de la ciencia en esta época.
Entonces, entrando en nuestra materia de estudio especial, si una experiencia cualquiera es un mensaje y el científico es un destinatario ¿qué condiciones debe tener la caja negra o el medio por el que pasa dicha información?
La respuesta es que la mente misma del observador es el mediador a la vez que destinatario. Esto por que la única fuente de ruido presente en este sentido serían los mismos conocimientos previos del pensador y las conclusiones a las que llegaría serían el mismo mensaje después de esta interferencia. En este sentido podríamos pensar que la posible existencia de una referencia como una academia de las ciencias o un grupo de autoridad en el tema podrían ser, o bien reductores de ruido como filtros del mensaje.
Pero nos viene otra idea a la mente y es el hecho de que estas experiencias que apelaron a "la primera imagen" fueron los puntos de partida para lo que tenemos hoy en día. Por tanto son mensajes también que han servido, a su vez, de reductores de ruido con experiencias posteriores y han ayudado a consolidar, y cohesionar, la ciencia cada día más y más. El saber actual pasó por esa etapa, el mensaje que nos deja el pasado nos llega hoy gracias a otro medio, la ciencia misma, y a los instrumentos que han servido para este crecimiento. La herramienta de un frenólogo hoy funciona para un psicologo como un mensaje que le dice de dónde viene y por qué piensa lo que piensa... y por qué ya no se utiliza una pinza de esa naturaleza sino un esfero, una libreta de apuntes y un sillón.
El siglo XIX y el cambio de mirada
De otra parte, es curioso pensar la forma en que la ciencia, como el cristianismo, utilizó las imágenes. Durante mucho tiempo la ciencia sirvió a manera de entretención en las cortes y un modo de ganar dinero por la fascinación. Las imágenes que se producian, ciertamente, no eran las mismas en las que se podría pensar cuando nos referimos a la religión católica, por ejemplo. Pero eran imágenes ciertamente impactantes; un acontecimiento preparado por un físico tenía el propósito de alcanzar ese momento de climax y que quedara fijado en la mente de las personas (recordemos experiencias como la de Michael Faraday o Bernoulli).
Un momento, podría pensarse que, entonces, estaríamos hablando de una nueva forma de imagen (como Debray la considera) pero no es así; en este sentido nos falta poner un elemento más sobre la mesa y es el hecho de que estamos en un punto de transición entre la grafósfera y la videósfera. La aparición de los primeros daguerrotipos fue hacia el año de 1842 y de ahí en adelante ya podemos pensar en que cambia la mirada de los sujetos. Sería preciso añadir que la fotografía sirvió de apoyo a estos espectáculos científicos; hoy en día se conservan imágenes de Nikola Tesla así como de Erik Weisz (más conocido como Harry Houdini) e inclusive, con tal de reforzar el poder de la imagen, se retocaban estas primeras fotografías (esto permitiría fabricar, inclusive, un engaño científico). Por tanto, este nuevo medio determinó la manera en que los sujetos experimentaban la ciencia.
Pero no solamente podemos hablar de la ciencia como espectáculo; obviamente durante el siglo XIX se vivió una increíble aceleración del mundo, todo gracias a los nuevos medios de transporte y comunicación. Las ideas se materializan en objetos. El dominio de la fuerza del vapor sin duda es uno de los sucesos más relevantes en este tiempo; las fábricas pudieron alcanzar niveles de productividad jamás vistos y la llegada del ferrocarril acercó más a gentes de uno u otro lugar. La idea de la rapidez y de la eficiencia se materializaron en la máquina de vapor; la idea de poder capturar la realidad se materializó en la fotografía; la idea de la salubridad se materializó en los alcantarillados y en las vacunas.
Sin duda, la mirada de los sujetos cambia en este momento, puede afirmarse que se sitúan un poco más en la experiencia (no inmediata) y se remiten directamente al problema, para hallar una solución. He aquí el paso de la ciencia "subjetiva" y llena de mitos del siglo XVIII a las organizaciones materializadas.
Todo este proceso, tan complejo y someramente mencionado aquí, está determinado por la utilización y descubrimiento de nuevos materiales. El empleo del acero, por ejemplo, fue uno de los posibilitadores de la existencia del famoso Crystal Palace en inglaterra. Que sin duda es una de las imágenes más representativas de la época y el instante científico que se vivía.
También el cobre jugó un papel importantísimo en las comunicaciones y la electricidad; en este caso el telégrafo y los experimentos con corrientes eléctricas que darían lugar al desarrollo de cables e infraestructura ue más tarde se convertiría en métodos de abastecimiento eléctrico para ciudades enteras.
En conclusión se genera un discurso a partir de estos avances y cambios en la sociedad y posteriormente en la ciencia. La visión del mundo cambia de una idea inmesa y por aprovechar a un sujeto dominado que está al servicio del hombre. Y todo esto íntimante relacionado a las nuevas formas de transformación del entorno que debemos a la ciencia, a los nuevos materiales y a la experimentación... el cambio de visión de los hombres, científica y socialmente hablando, es un asunto de materias en organización y organizaciones en materialización; durante este siglo (transición entre logósfera y videósfera) se vivió un fenómeno mediológicamente muy potente.
CRISTIAN BALLÉN.
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