Con el advenimiento de un, en palabras ya conocidas, "históricamente inevitable" fortalecimiento del capitalismo se buscó, por todos los medios, alimentarlo cada día más; las industrias desarrollaron proyectos en grandes proporciones y a gran velocidad. En países como Inglaterra y Francia se empezaron a levantar inmesas construcciones (más tarde simbolos de esas ciudades o del poderío capital) y, en varios laboratorios y academias, se inventaban aparatos muy novedosos como el teléfono (Meucci), el cinematógrafo (Lumiere) o la anestesia (Morton). Sin embargo no era solamente el campo, que podríamos llamar, científico-positivista el que buscó innovar cada día; las ciencias como la filosofía, la economía o la antropología se estaban consolidando (y hasta naciendo como tales). El trabajo de pensadores como Karl Marx, Max Weber, Charles Darwin, Nietszche o Hegel solidificarían el modelo de pensamiento de occidente y darían paso al mundo contemporáneo en el que vivimos hoy día.
Desde esta perspectiva es muy fácil pensar esta época como el origen de las ciencias contemporáneas como las conocemos y del estilo de vida 24-7 y 9 a 5 y dejar hasta ahí lo que se puede indagar. La mediología, como el estudio del transporte de la información a través del tiempo y del espacio, como una herramienta que ayuda a desideologizar los principales discursos de nuestra contemporaneidad y como una disciplina ocupada netamente de occidente, nos tiene que mostrar, de acuerdo a su perspectiva, los puntos coyunturales y terminaciones nerviosas características de este origen de la vida científica actual. Lo que hacemos aquí es tomar el discurso sobre el origen de la ciencia de nuestros días y ponerla bajo el microscopio de la mediología. No queremos otra cosa que mirar con un lente diferente.
CRISTIAN BALLÉN.
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